Desde los asientos baratos

black and white soccer ball on green grass land during daytime

-En el primer tiempo les pegamos y les pedimos perdón, en el segundo…mejor que no lleguemos al segundo.

Esa fue la charla táctica del Árbol. O lo que recuerdo de la charla táctica del Árbol.

En el fútbol se puede ganar, perder o hacerse expulsar. Empatar no es una opción.

 

Bryan me había caminado la novia.

Bryan es un nombre que no me gusta.

Bryan jugaba en el otro equipo.

Yo tenía que marcar a Bryan.

 

No me acuerdo por qué habíamos ido a jugar a La Plata, ni quién organizó el partido, ni cómo llegamos; pero ahí estábamos, a ganar o morir; lo que pasase primero.

Sí recuerdo que jugábamos en un barrio privado, más visitantes que Arsenal en la cancha de River, un día de lluvia de mayo, 11 tipos con hambre de gloria, un único suplente: Berny, un intento de boxeador que tenía la pata enyesada.

 

El equipo de Bryan estaba competo, suplentes, no convocados y grupies. Valeria estaba ahí también.

 

Los primeros minutos fueron parejos. Empezamos ganado. No me quiero subir al ponny del revisionismo histórico, pero para ser fieles a la verdad, el gol lo hice yo. Pateé de afuera sin muchas expectativas y la pelota se clavó en el ángulo. Levanté la cabeza y miré a Vale como diciéndole. “Tomá, gila; para vos también hay”.

Después nos empataron y nos caímos. Los amigos de Bryan eran caballos de carrera, nosotros no podíamos correr ni un rumor.

Cuando quedaban 15 o 20 minutos del primer tiempo perdíamos por 4 goles. El Árbol nos miró dando la señal de que empezaba el otro partido. Como buen fútbol entre vagos no había árbitro. Les pegábamos y les pedíamos perdón como nos enseñó el prócer. Les dábamos la manito y los ayudábamos a levantarse.

Nos clavaron el quinto, entretiempo y charla táctica:

 

– Buenos muchachos, ya fue el partido. Hagamos que esto se termine rápido.

 

El Árbol puso la primera patada importante. Todo pelota… pelota y pierna. Por suerte para sus obras sociales los muchachos tenían canilleras. Nosotros no teníamos siquiera camisetas del mismo color.

El partido se rompió: no dábamos 2 pases seguidos, no teníamos aire, casi que ni llegábamos a destiempo.

 

En una jugada le meten un pase al fondo a Bryan y me quedé mirándole el 11 de la camiseta. Lo enganché desde atrás con la patada más mala leche de mi vida. Patadas como sólo se pegan a los 17 años.

Cayó de pera al piso.

 

No llegué a levantarme que un mono me empuja y me dice “que te pasa, gil. Metete con uno de tu tamaño”.

Se armó terrible tole tole: manos que volaban para los 4 costados, los suplentes que se metían, los amigos que se metían, Berny que no llegaba por el yeso.

Tampoco me acuerdo cómo nos separaron, ni cómo juntamos los pedacitos de nosotros. Pero recuerdo estar volviendo en la Costera. Todos rotos, los ojos como mapaches.

Llegamos a Buenos Aires, bajamos y compramos mucha cerveza y mucho Marlboro.

Nos tiramos en algún umbral de alguna puerta de alguna casa, y, en ese momento, y para toda la vida, entendimos que la victoria es más dulce desde los asientos baratos.

Publicado por

nosestancagandoapatadas

Escritor Ex futbolista. Ex héroe de guerra

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