PEQUOD

Max pensaba que podría hacerle frente a todo en la vida, siempre y cuanto tuviese un paquete de cigarrillos a mano.

Manejaba un Dodge 1500. Antediluviano.

Max no había leído Moby Dick, pero había escuchado partes cuando viajaba junto a su padre.

El padre de Max, después de enviudar, quedó ciego y senil de tristeza.

Lo único que lo confortaba era escuchar una y otra vez las 30 cintas de Moby Dick.

Un domingo, Max pasó a buscarlo por el geriátrico.

El Dodge gruñía y los retenes parecían que iban a volar por los aires.

-¡Chatarra de Mierda!

-Hijo, ¿estamos en altamar?

-Sí, papá.

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-¿Comanda el Capitán Ahab?

-Sí, papá. Ahab al timón.

-¿Estamos en el Pequod?

-Sí, viejo. En el próximo peaje está Moby Dick.

-Me quedo más tranquilo.

El sólo hecho de saber que estaban en el Pequod tranquilizaba al viejo.

Una tarde en el trabajo, Max recibió una llamada telefónica desde el geriátrico.

-¿Max Hertz?

-Él habla.

-Lamento decírselo, pero su padre falleció hace unas horas.

-Tenía que pasar de un momento a otro.

-Lamento su pérdida.

-No se preocupe.

-Necesitamos que venga a reconocer el cuerpo para que se puedan llevar a cabo las exequias fúnebres.

Todo ese lenguaje decoroso le molestaba a Max. Palabras como exequias, reconocimiento, o la interminable catarata de “lo lamentos”.

-Mire, estoy en la otra punta de la ciudad y es hora pico. ¿No pueda usted darlo por muerto?

-No. Tiene que encargarse un familiar directo…y como usted es su único hijo…

– Bueno, voy para allá, pero tardaré bastante con este tráfico.

-Entiendo, recuerde que con estas temperaturas…

-Sí, ya sé, se pudren rápido.

-Lamentablemente. En verdad lamento su pérdida.

-Lo sé.

 

Atravesar Mylos de Norte a Sur en hora pico (…) ¿el viejo no podía morirse un feriado?

El capataz le pidió permiso para salir temprano.

El Pequod trepó la autopista.

Punto muerto, primera, segunda, punto muerto.

Pensar en poner tercera era una utopía.

 

Recorrió 20 kilómetros en 4 horas.

Era una tarde plomiza de diciembre. Parecía que el sol caía a pique sobre el pavimento.

El radiador del Dodge se recalentó y el 1500 dijo basta.

Max se bajó del coche. Lo flecharon a bocinazos.

Un tipo que manejaba una Toyota Hillux le dijo:

-A ver, pelotudo, si corrés esa lata.

– ¿Qué querés? ¿Qué salga volando? No es un avión.

 

Cansinamente pasaron las horas hasta que cayó el sol.

Era, verdaderamente, el atardecer más hermoso y triste que hubiese visto nunca.

Se sentó sobre el capote y buscó los cigarrillos.

Quedaba un atado por la mitad.

Decidió fumar uno y luego buscar un teléfono de emergencias.

Los remolcadores le dijeron que la grúa podría llegar a tardar entre 4 y 5 horas por la alta demanda de ese día.

Max colgó el auricular y golpeó el aparato contra el metal.

Volvió al auto.

Si quería sobrevivir debía dividir estratégicamente los cigarrillos. Uno cada media hora.

Era las 7 y media cuando encendió el primero de la cuenta regresiva.

Se juró a sí mismo no mirar el reloj hasta que hubiesen pasado 300 autos por la autopista.

 

298, 299, 300

Listo: Otro pucho.

 

Miró el reloj, pero seguían siendo las 7 y media.

 

Decidió contar 300 autos más.

Invariablemente seguían siendo las siete y media, pero ya estaba oscuro y comenzaba a refrescar.

Mantuvo la rutina de los 300 autos para encender un cigarro.

El cielo se cubrió de espesas nubes.

 

298, 299, 300

Otro pucho.

El viento cortaba la cara, pero Max no quería refugiarse en el Pequod; quería sentir como los elementos lo sacudían de un lado para el otro.

 

Se dio cuenta de que nunca había vivido una verdadera lluvia, ni un verdadero viento, ni un verdadero frío.

 

298, 299, 300.

Se largó a llover como si no hubiese mañana.

Los cigarrillos se le arruinaron. No había qué fumar.

En ese momento, Max, se sintió completamente solo y lloró. Pero su llanto no era el llanto dulce de las muchachas en flor: era un profundo lamento de ahogado.

Si alguno de los conductores se hubiese fijado en él pensaría que estaba sufriendo un infarto.

Luego, el llanto fue cediendo en intensidad y abriéndole paso a las lágrimas.

Era la primera vez que lloraba en su vida y, por un momento, creyó en Dios.

Rezó y le pidió que su padre se encontrase con su madre en el cielo, que pudieran conocer la paz. A cambio, le prometió dejar de fumar.

 

Parece que Dios escuchó sus plegarias porque en seguida llegó la grúa.

 

El mecánico cargó el auto sobre la plataforma y le indicó a Max que subiese.

-Ya no se ven autos como este.

-Es una lata.

-¿Por qué no lo cambia? Hoy en día hay planes muy baratos para comprar un auto.

-Este auto es mi auto. Es una cafetera, pero ya es parte de mí.

-Sé que va en contra de las políticas de la empresa, pero ¿le podría pedir un cigarrillo?

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